lunes, 9 de junio de 2014

Manuel López Azorín, una hermosa reseña.

Manuel López Azorín
Conocí a Manuel López Azorín (Moratalla, Murcia) cuando hace unos años se acercó hasta Segovia a presentar su poesía completa recogida en el volumen "Sólo la luz alumbra" que os recomiendo encarecidamente y del que podéis leer una reseña publicada en Alenarte Revista AQUÍ.
Uno acude a actos literarios de diversa índole, y esto no es sinónimo de que a continuación surja una complicidad con el autor, pero desde el primer momento, hubo algo que construyó un puente que nos unió desde ese instante, acaso su amor innegociable hacia la poesía que le ha convertido durante los últimos lustros en un gran difusor de la misma, sobre todo en San Sebastián de los Reyes (Madrid), donde reside.
El caso es que hoy ha publicado en su blog una amplia reseña sobre el poemario que no hace sino ruborizarme y a la que ha dedicado, como deduciréis de su lectura, un amplio tiempo y esfuerzo.
De nuevo mi agradecimiento, Manolo, por tu esfuerzo y por tu cariño.
Pulsando AQUI podéis leer la reseña

martes, 3 de junio de 2014

En el blog de Álvaro Valverde: "Tres siltolianos"

Álvaro Valverde, además de poeta de prestigio (el Loewe por Las aguas detenidas, lo atestigua), además de ejercer la enseñanza en la educación Primaria (lo que para mí es lo mismo que dedicarse a una de las más nobles tareas a las que puede dedicarse un ser humano), lleva su bitácora que actualiza prácticamente a diario. En ella, además de algunas cuestiones de actualidad más próxima a su querida Plasencia, reseña libros y revistas, fundamentalmente de poesía, aunque no solo.

Pues bien, en esta entrada (AQUÍ) bajo el sugestivo título Tres siltolianos incluye reseñas a tres poemarios editados por "La Isla de Siltolá": La víspera de Rodrigo Olay, El peregrino de Carlos Martínez Aguirre y Los andamios de los pájaros.

Muchas gracias, Álvaro. Todo un placer y un honor.

domingo, 1 de junio de 2014

En Encuentros de lecturas

Con motivo de la Feria del libro de Madrid, Santos Domínguez publica en el blog Encuentros de lecturas un artículo en el que recoge diversas reseñas sobre libros de poesía que se han publicado este año... Sí, lo estáis adivinando. Y no sé cómo agradecerlo.

Aquí podéis leer el artículo con las reseñas

sábado, 26 de abril de 2014

Entrevista en El Norte de Castilla, Edición Segovia

Pocos minutos antes del inicio de la presentación del poemario, se acercó hasta la Diputación Carlos Álvaro, periodista de El Norte de Castilla en Segovia y amigo desde hace años.

Me dijo que antes de empezar el acto quería hacerme una entrevista, que luego se acercaría Antonio de Torre para hacerme una foto y que él aprovecharía para escribir la entrevista.
Y así fue: Me entrevistó, antes de comenzar la presentación subió Antonio y al día siguiente, o sea el viernes 25 este fue el resultado en la página 10 del periódico.

La página recortada del periódico de ayer.
Texto Carlos Álvaro foto Antonio de Torre

Con el mismo texto y la misma imagen (aunque reducida) apareció en la página web del periódico y así se repicó en otros lugares, como el blog de la editorial Isla del Siltolá.
El caso es que iba a enlazar la entrevista en el correspondiente apartado del blog, aunque también pensaba destacarla aquí, cuando me he dado cuenta que por misterios misteriosos de Internet o del periódico el enlace ya no funciona o se ha truncado o ha sido modificado o lo que sea.
Así que, a modo de agradecimiento por el trato recibido y por el trabajo de El Norte de Castilla, reproduzco a continuación el texto completo de la entrevista.
Esta misma noche, acabo de leer un correo de Carlos en que me dice que el problema técnico ha sido subsanado y ya se puede leer la entrevista en la página de El Norte de Castilla, en concreto AQUÍ

"En épocas de crisis, en épocas complicadas, se vuelve a la poesía"

Amando Carabias. Escritor. Por Carlos Álvaro

 

El autor segoviano publica "Los andamios de los pájaros, un poemario basado en una exposición de Mariano Carabias.


SEGOVIA. "Cualquiera que conozca la poesía sabe la conexión entre el pincel y la palabra", dijo ayer el poeta Santiago López Navia, que apadrinó el último trabajo del escritor segoviano Amando Carabias, 'Los andamios de los pájaros' (editorial La Isla de Siltolá). Carabias, que además de poeta y escritor es empleado de la Diputación Provincial de Segovia, ha construido en esta ocasión un poemario a partir de las reflexiones que le inspiró en su día una exposición de su hermano, el pintor Mariano Carabias, basada en retratos de personajes de la antigüedad realizados a partir de modelos contemporáneos.

-¿Qué encontrará el lector en 'Los andamios de los pájaros'?
-Se trata de una reflexión realizada a partir de la exposición que Mariano Carabias exhibió en el año 2010 en el Colegio de Arquitectos de Segovia. "Tocar el humo" se llamaba. Al contemplar aquellos retratos me surgieron una serie de reflexiones acerca de lo poco que cambia el ser humano a lo largo de la historia. 'Los andamios de los pájaros' es un poemario en el que hay una especie de diálogo entre pintura y verso, que es una vieja tradición literaria, aunque en el libro no se observa como tal y el propio lector el que debe percibirlo.

-Quiere decir que los retratos que pintó Mariano Carabias le inspiraron los versos.
-Sí. Lo que hizo Mariano fue representar a figuras de distintas épocas de la historia, de la civilización griega, de la romana, del judaísmo, del antiguo cristianismo, etcétera, a partir de retratos de rostros contemporáneos. Curiosamente, los modelos fuimos familiares y amigos, en su mayoría, y me resultó sumamamente curioso ver por ejemplo a mi hija caracterizada como una joven del Renacimiento o a mi padre en el papel de Moisés, o a un tío mío como un senador romano. Esto me llevó a reflexionar y concluir que el ser humano, en el fondo, no ha cambiado nada y que, con cambiarnos de ropaje, podemos ser otra persona. Cambia la moda, la tecnología... hoy tenemos teléfonos móviles e internet, pero, a la hora de la verdad, lo esencial no varía en abosoluto y sigue siendo exactamente igual antes que ahora. Esto es lo que poco a poco me llevó al poemario.

-¿Y usted, su rostro, estaba en esa exposición?
Elías de Mariano Carabias,
(fragmento)

-Sí, era el profeta Elías. Aquello me desbordó porque Elías -y esto mi hermano no lo sabía- es uno de los personajes bíblicos que más me llaman la atención, por su búsqueda de Dios, por cómo denuncia la política abusiva de la mujer del rey u es perseguido por ella, por cómo tiene que salir al desierto y en el desierto se empeña en seguir buscando a Dios... Hay un terremoto y Dios no está en el terremoto; hay un fuego tremendo y Dios no está en el fuego... y por fin un día llega una suave brisa y se tira al suelo y se tapa porque es Dios el que viene. Eso es para mí muy significativo. Es el hilo argumental de toda la Biblia.

-¿En qué momento se encuentra la poesía?
-(Sonríe). Bueno, pasa como con el teatro: siempre está en crisis. Pero yo creo que no. La poesía está hoy muy viva. Hay muchísimas personas que escriben poesía en todas partes. Se palpa en internet. Y me gusta porque creo que, cuanta más cantidad haya de algo, más calidad se logrará al final. ¿Hay calidad? Pues no lo sé. Es el tiempo el que quita o pone a cada uno en su sitio y el que va decantando. Además, los gustos del momento no tienen nada que ver con los del futuro. Hay poetas que en su día fueron grandes y hoy están absolutamente olvidados. Pero la base está ahí. También soy de los que sostienen que en épocas de crisis, en épocas complicadas, se vuelve a la poesía. Lo observo todos los días. Y en España, concretamente, existe una afán por encontrar nuevos caminos. Ahora hay una lucha dialéctica entre quienes abogan por la antipoesía, en el sentido iconoclasta de romper con todo lo anterior, y quienes no quieren desprenderse de lo tradicional. Ese debate está en el mundo de la poesía.

-¿Ha ayudado Internet en este despertar de la poesía?
-Muchísimo. Estoy convencido de ello. Publicar es muy complicado, como sabe todo el mundo. Puedes editarte si te lo pagas, pero que te publiquen, en el sentido tradicional, es otro cantar. Los blogs satisfacen ese ansia por publicar que suele tener el poeta. Y son muchas que personas que se conforman con ir publicando poco a poco en internet. También se da el caso de poetas que estamos publicando en la red y que, precisamente por ello, hay editores que nos están llamando y proponiendo cosas.



Junto a Santiago López Navia, momentos antes de iniciar el acto
Foto Antonio de Torre (El Norte de Castilla-Segovia)

miércoles, 23 de abril de 2014

Ante la presentación

Faltan apenas veinticuatro horas para presentar el libro.

No escribiría esta entrada, si no fuera porque el día de fiesta en Castilla y León me otorga algo de tiempo. Así que aprovecho para agradecer a todos el cariño que estáis mostrando con el libro. 

Algunos me escribís comentando que no podréis acudir a la presentación de mañana. No importa, como os estoy diciendo a cada uno. Aunque, para qué negarlo, me gustaría que pudierais venir, sé que la vida que llevamos en estos tiempos es mucho más complicada de lo que parece; el tiempo tiene la manía de encogerse, parece que los minutos tuvieran cuarenta segundos o menos. ¿No habrá algún físico o física entre los lectores que nos dé razón de esta reducción drástica?

Aún no tengo ni idea acerca de lo que mañana diré en el salón de plenos de la Diputación. Tampoco sé lo que comentará Santiago López Navia.

Elías. de Mariano Carabias (Acrílico sobre tabla)
Exposición en el Colegio de Arquitectos de Segovia
(Segovia, 2010)
Pero sí os puedo anticipar que agradeceré tantas muestras de confianza y cariño, tanta ayuda como he tenido en este tiempo de escritura del libro, a la que hacía referencia en una de las entradas anteriores. 

Hablaré, obviamente, de la obra que inspiró mis versos, sin cuya existencia el poemario no existiría. Así de simple, así de contundente.

Hablaré, quizá de la tarea del artista, del escritor, del afán de búsqueda, del camino hacia las esencias. De la sensación tan honda como tengo cada día de ser gota de agua en un océano repleto de ellas.

Digo en uno de los poemas iniciales del libro:
Estos no son mis versos, ni mis lágrimas, 
soy eslabón por donde cruza el tiempo,
y es mi labor morir en la cadena 
sin fracturar la esencia de los martes.

Y así lo siento cada día... Mejor dicho, así lo siento más cada día, con más intensidad si cabe. Sin los demás nada de lo que hago sería posible ni tendría sentido. El libro, en el que puse todo mi empeño y mi esfuerzo, eso es tan cierto como lo otro, en el fondo no es más que un canto a la vida que viene fluyendo desde hace tantos de cientos de miles de años.

A veces pensamos (o pienso) que esta generación es la mejor de cuantas pobló el planeta, pero no es cierto. Contemplar los retratos de mi hermano en que ha puesto rostros de hoy a personajes de ayer, me hizo recapacitar que la vida no ha cambiado tanto. Que en esencia el ser humano de ayer y de hoy y de mañana es el mismo. Sus miedos e ilusiones, sus tristezas y alegrías poco difieren, si es que algo han cambiado. Sólo se han modificado (y quizá no es poco) el envoltorio y la tecnología, pero no la esencia.

Mi voz, pues, este poemario, quizá las palabras que mañana diga, no es más que el eco de todo esto que digo. Los andamios de los pájaros, es esa brisa, ese aire por el que vuelan las aves, pero también nuestras miradas, nuestros gestos, los mismos que deshabitaron las tumbas, como afirmo en el poema que abre el libro; es decir, y al cabo, este libro pretende ser un himno a la vida, una vida que, a pesar de las apariencias, se sucede a sí misma.

No hay gestos en las tumbas
[Introito]
No hay gestos en las tumbas
vacías de sonrisas o de lágrimas,
vacías de cansancios o esperanzas.
No hay gestos en las tumbas,
pues son el respirar de nuestra estirpe,
su aleteo insaciable,
eslabones de un rostro con su especie
desde el primer incendio
                                                 a la última caricia.
No hay gestos en las tumbas,
como sabe el pintor
que busca las efigies del pasado,
al contemplar facciones del presente,
donde anidan los gestos sin cenizas,
besando los andamios de los pájaros.
            (Los andamios de los pájaros. Isla del Siltolá 2014. Pág 13)


Sólo quería decir esto ahora y daros las gracias muy efusivas por vuestras muestras de apoyo y cariño: a los compañeros de la Diputación por tanto como se están esforzando en esta presentación, a los medios de información que se hacen eco de ella, a cuantos me contestáis a la invitación, a los blogs de amigas y amigos que os hacéis altavoz de este acto y del libro, por supuesto a Javier Sánchez Menéndez y a la Isla del Siltolá, por haber confiado en el libro hace tiempo, a Isolda Wagner y María Luisa Arnainz por sus consejos y lecturas y, sobre todo y ante todo, a Mariano Carabias porque su obra es el cimiento en que se edificaron los poemas. Sin ella apenas serían humo... mejor dicho nada.

lunes, 21 de abril de 2014

El Norte de Castilla (edición Segovia) anuncia la presentación

En este enlace Se puede leer el texto de este artículo que también ha aparecido en la versión en papel del periódico, como se ve en la foto:

Foto del periódico en papel de hoy 21 de abril de 2014
(Foto Andrés Mariano Pedriza Carabias)


Una nota de prensa similar en El Adelantado de Segovia

jueves, 17 de abril de 2014

La escritura de "Los andamios de los pájaros"

Con el poemario, en la biblioteca
de la Diputación de Segovia.
(Foto Alberto Orejas)
En las entradas iniciales he publicado el texto previo que me sirvió como cimiento para preparar el libro. Después de esas reflexiones y algunas más que me ocuparon paseos y hasta sueños, y que fui entreverando con recopilaciones de artículos donde se vertían reseñas críticas de la exposición de Mariano, así como la contemplación de las imágenes de los cuadros, fue llegando la inspiración.

No había orden ni concierto en la escritura de los poemas. Era el cuadro quien llamaba a la puerta, pedía paso y empezaba a contarme sus cosas. Poco a poco, pero sin lugar a la pausa, fueron naciendo las primeras versiones. Pero eran eso, primeras versiones.

En alguna ocasión Mariano ha comentado que pinta directamente sobre la tabla. A medida que trabaja, que el cuadro emerge, corrige, retoca, avanza en una dirección u otra. Algo así iba sucediendo con los poemas.
Algunos apenas han sufrido variaciones desde la primera redacción, acaso los menos. Otros, sin embargo —aunque no tantos—, se parecen en poco o casi nada. Evolucionaron hasta su forma definitiva poco a poco.
Existe una primera versión de este libro que casi nadie conoce y que  yo mismo tengo prácticamente olvidada con una ordenación similar de los poemas (mas no idéntica). Digamos que ahí me detuve unos meses.
Otras «obligaciones» literarias se cruzaron –por suerte- en esta tarea. La redacción de una novela no muy larga y la edición de Oscurece en Edimburgo que implicaba presentaciones, artículos, etcétera.
La escritura del libro (al menos en su primera redacción) es anterior a Quizá un martes de otoño, mi anterior poemario publicado. Pero este pequeño misterio quedará aclarado un poco más abajo.
Este tiempo en que el libro descansó fue bueno, muy bueno.
A veces, algunos humanos, entre los que me encuentro, sentimos una impaciencia desmedida por dar a conocer la obra, por compartir el resultado. Pero en esta ocasión, otras ocupaciones consiguieron frenar semejante ansia, lo que provocó en mí un alejamiento de los poemas que me hicieron volver a ellos, meses más tarde, ya con el verano de 2011 en lo más alto. La mirada era más crítica, más fría, no tan pegada a la sensación que provoca la inmediatez de la creación. Eso supuso, que la segunda versión de este poemario, en algunos casos fuera una reescritura del poema.
Y aquí aparece en escena nuestra común amiga Isolda.
Ella, entre otras muchas cosas, además de soportarme como amigo, es amante desde la infancia de la poesía y una exquisita y amplísima lectora. Así que me encomendé a ella para que opinara, para que propusiera correcciones. En muchas ocasiones los ojos ajenos descubren mejor que los propios errores que deberían saltar a la vista, pero que no terminamos de ver: una palabra que se repite más de la cuenta, un verso que sobra, un verso cuyo ritmo, de pronto, se tropieza y hace que el poema se trastabille hasta caerse.
Finalizada esta tarea, una noche, lo recuerdo perfectamente, decidí cometer un acto de locura y envié el poemario a Javier Sánchez Menéndez. No sé, quizá fuera septiembre de 2011.
Aquel acto fue previo a que la enfermedad de mi madre, la que me empujó como terapia a escribir unos meses después Quizá un martes de otoño. Si no hubiera enviado el poemario aquella noche al poeta y editor gaditano, quizá nunca lo habría hecho.
Conocí –si es que se puede decir así- a JSM a través de Twitter. Allí descubrí primero al poeta, siguiendo su blog Al filo de laespada, y después –casi de inmediato- su tarea como editor.
Desde que supe de su editorial y tuve acceso a buena parte de su catálogo –en parte por su desbordante generosidad-, para mí fue un sueño poder formar parte de tal nómina al menos con un poemario.
Desde el primer momento Javier fue muy sincero. En realidad creo que siempre lo es. Me dijo que tardaría unos meses en darme respuesta, pero que lo haría con total y absoluta claridad. En varias ocasiones había hecho gala de ello, así que no tenía razones para dudar, y no dudé.
Pero llegó la galerna a la familia, en forma de enfermedad. No voy a repetir nada de ello, ni siquiera lo voy a comentar, simplemente lo señalo. Son tantas familias las que se ven abocadas a semejante situación por una dolencia u otra que no es necesario abundar más en el asunto.
Aquellos meses, desde septiembre hasta abril o mayo de 2012 fueron como vivir en otra realidad. Tanto que, como he apuntado más arriba, nació otro poemario que envié a otra editorial –en este caso UnariaEdiciones— que unos meses después, en enero de 2013, tuvo a bien publicarlo.
Es decir, Los andamios de los pájaros obligatoriamente entraron en otra fase de silencio. Hubiera sido absurdo una edición casi coetánea de ambos poemarios.
Y de nuevo el silencio y la espera fueron buenos, muy buenos, porque los versos podrían decantarse un poco más, en caso de que La Isla de Siltolá hubiera decidido su publicación…
Al menos no tuve comunicación en tal sentido, hasta mayo de 2013. Para entonces estaba decidido a darle una nueva vuelta al poemario.
Asumí que el silencio de Javier se debía a que el poemario no cuadraba en su catálogo. Como me había prometido su contestación, le pregunté, y de su respuesta, deduje su extrañeza. Es como si desde el principio, el editor pensara que me había dicho que lo publicaría. No lo sé con exactitud, pero así parecía desprenderse de sus palabras, que daba a entender que ya me había anticipado su placet. Quizá algo se me había escapado.
Es decir desde mayo o junio del año pasado sé que este libro llevaría el sello de Siltolá para ir volando por el mundo en su primera edición. Y se habló de fechas desde el inicio. Ambos convinimos en que era bueno para mí separar un poco la edición de Quizá un martes de otoño  de la aparición de Los andamios de los pájaros. Por entonces andaba madurando la salida de una nueva colección de poesía, Tierra, y me preguntó si me apetecería formar parte de la misma. ¿Cómo no iba a apetecerme?
Ahora que conozco a cada compañero de viaje, hasta siento un poco de vergüenza de estar codo a codo con ellos. Si no la conocéis, espero que supláis tal carencia de inmediato.
El caso que el verano pasado, tuve la nueva opción de revisar e intentar depurar un poco más los versos. Y de nuevo, la infatigable Isolda estuvo al quite.
Una vez que concluimos esa tarea, decidí que otra persona le echara un último vistazo. María Luisa Arnaiz (profesora de literatura y amante también de la poesía) se prestó gustosa a la propuesta.
Y el libro, al fin, quedó tal y como ya está en las librerías y en los hogares de algunos buenos amigos.


"Los andamios de los pájaros" en la Librería Antares de Segovia
(foto de mi móvil)


domingo, 30 de marzo de 2014

Alena Collar escribe una reseña

No es ningún secreto, y por tanto no lo voy a ocultar, que la escritora y crítica Alena Collar es amiga mía, sería una estupidez. Pero conviene decir que a la hora de escribir sus reseñas en su bitácora o en la revista digital Alenarte, distingue el libro del autor.
En este caso, para mi alegría, su reseña -además de ser clara y concisa, como suele- es favorable al libro.

Entre otras cosas dice:
El poemario es un viaje, efectivamente, a través de una forma muy elaborada, tanto en verso como en prosa. Y aquí debo señalar que Amando Carabias sí sabe la diferencia entre ambos géneros. Su verso pertenece a la tradición clásica, domina el endecasílabo, el heptasílabo, la melodía y el ritmo interno. Son versos que se deslizan de modo natural y que llevan al lector a una lectura sencilla. A pesar de una tendencia al culturalismo lingüístico que es posible que choque a un lector de hoy. Añado que bien venido sea, por otra parte ese rescate del idioma.


Aquí dejo el enlace para que podáis leer la reseña completa, con efusivo agradecimiento a la autora

jueves, 27 de marzo de 2014

Gracias a los amigos de La Esfera Cultural

Los amigos de mi segunda casa en la blogosfera, o sea La Esfera Cultural, ya se hacen eco del poemario.
Lo ilustran con esta maravillosa imagen:

Un ejemplar del poemario con una vieja máquina.
Hermosa imagen

Para leer el texto, os invito a que pulséis AQUÍ
Gracias a La Esfera Cultural y en especial a su editor y grandísimo amigo Francisco Concepción.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Bitácora de un sueño (y XII)

Sábado, 6 de noviembre de 2010

—XII—

A las diez de la mañana me pongo de nuevo a estas letras. Y es que resulta que esta madrugada, mientras yo ya dormía, Marcos ha decidido publicar el último capítulo de la novela de 7 plumas. Cuando me he levantado y lo he visto, no me quedaba más remedio que copiarlo, digerirlo, comentarlo.
Hemos llegado al final de toda una novela. De una gesta diría yo, porque hasta el final y a pesar de lo que habíamos dicho en Zaragoza, hemos mantenido el pacto en el que quedamos el primer día, y nadie ha dicho a nadie por dónde iría su capítulo, salvo Marcos, precisamente, que nos transmitió el párrafo final, pero que era la concreción personal y magnífica que él había escrito sobre esa conclusión, más o menos pactada en Zaragoza.
Y ahora me siento emocionado con haber cubierto esta gesta, porque han sido siete cabezas puestas al servicio de una idea, aportando cada una lo que buenamente estimaba conveniente, y se ha demostrado que no todos los escritores somos unos egos insufribles. Quizá para ello haya que poner algo de distancia en el proyecto, y tener las ideas muy claras de que no es a ti a quien corresponde su buena llegada a puerto.
Sé que ahora me toca la parte más difícil y larga, porque intuyo que me ha de corresponder unificar todo el texto, corregir sus defectos que, sin duda, tiene. No haré nada por apuntarme a semejante tarea, pero creo que me va a caer, si no es que me ha caído ya.
Y ahora la pretensión es intentar que ese trabajo también me sirva como nutriente a este libro.
Parece una locura lo que acabo de escribir, pero así me lo tengo que tomar. Así me tengo que tomar todo lo que haga a partir de ahora.
Siento que este libro de poemas ha de ser la criatura que llevo en mis entrañas, y todo en mi vida durante los próximos meses tiene que ir encaminado a que vea la luz como una criatura sana y gozosa. Y lo peor para los embarazos es el estrés de la madre, porque ese nerviosismo acaba por afectar a la criatura.
Siguiendo con la analogía, me siento preñado por los retratos de Mariano. Todavía no se nota, pero se me acabará notando. Como no es mi primera criatura, espero actuar, no como las primerizas, pero sí con ese amor que sólo las madres saben otorgar a todos sus hijos, ocupen estos el lugar que ocupen entre la prole.
Ahora y durante el tiempo que dure, mi único objetivo es que todo llegue a buen puerto, que esta vida que crece despacito en mi interior llegue a colmo del mejor modo posible.

Y quizá ya sea hora de dejar toda esta palabrería previa y ponerse manos a la obra.

martes, 18 de marzo de 2014

Bitácora de un sueño (XI)

Lunes, 1 de noviembre de 2010 (continuación)

—XI—

Tengo ante mí, y en la retina de mi memoria, además de las imágenes grabadas en este equipo, el pequeño catálogo de su exposición. Y acabo de leerlo. Es alucinante, desde que lo traje a casa el día de la inauguración, no me había molestado en leerlo, sólo había hojeado sus imágenes.
Creo que es capital para escribir el poemario que lo reproduzca, y así tenerlo a mano cuando esté trabajando. Todo cuanto he escrito hasta ahora me ha nacido sin la influencia (al menos directas) de sus palabras… Habrá que seguir creyendo en la sintonía que nos une, como buenos hermanos que somos, y habrá que seguir creyendo que la inspiración, entre otras cosas tiene un componente de pensamiento inmaterial, de ondas especiales que algunos hombres tenemos la dicha de capturar de un modo que aún es desconocido. Así escribe mi hermano:
Seis años han pasado desde la última vez que mostré mi pintura públicamente en Segovia.

Yo mismo, al mirar atrás y observar mi trayectoria, me sorprendo de los cambios que aparentemente saltan a la vista. Seis años de evolución lenta y continua, de exploración sin autolimitaciones, sin sentirme influenciado en exceso por terceras personas, de gran libertad en definitiva, para que la obra fluyera con naturalidad y para que a su debido tiempo, que es éste, se hiciera un alto en el camino y se observara lo ocurrido.
En estas líneas contaré mis impresiones y os hablaré algo de mis motivaciones, en un lenguaje que espero no sea críptico, tedioso o de especialista en el ámbito de la teoría del arte. Me interesa ser entendido y no convertir la interpretación del lenguaje artístico en una disciplina autocontemplativa.
Varias líneas de fuerza cimientan la progresión o cambio aparecido: una mayor preocupación y dedicación a la contemplación del entorno y una presencia importante del ser humano como protagonista de la pintura. Siempre han existido esas dos vertientes en mi obra, pero más camufladas, ocultas por otras realidades más evidentes.
Cuando digo que me ha interesado más el entorno, he procurado salir de un cierto ensimismamiento en el que es fácil caer cuando uno pinta. Uno mismo se vuelca en su interior y repite sin cesar fórmulas que pierden un poco de sentido en la misma repetición. Una mirada a otras realidades puede enriquecer y hacer que progrese la tuya propia. Esas otras realidades pueden estar en un texto, en la historia, en la arqueología…
El otro pilar que fundamenta la nueva obra es el hombre. Hablando en puridad tampoco es nuevo, pues aparece de forma constante en muchas etapas previas. Lo que sí es nuevo es el enfoque: aparece el individuo, la personalidad única que requiere un tratamiento único.
Tampoco son retratos per se en los que se intente reflejar la fisonomía del que se pone delante de mí. A través de él y transformándose de manera que ni yo mismo a veces entiendo, va apareciendo un ser nuevo, atemporal, que posee algo del individuo que ha sido punto de partida. Se establece una danza extraña entre el individuo único de aquí y de ahora y el arquetipo fuera del tiempo que posiblemente todos llevamos dentro.
Entre este pilar de lo humano y el otro, que era el de estar abierto a lo que nos rodea, ha aparecido una tercera realidad que me interesa sobremanera: de forma curiosa me intriga la presencia de Dios entre nosotros.
He leído textos bíblicos y tengo interés en reflejar pictóricamente lo que transmiten. Creo que es un pozo inagotable y yo, si vale la expresión, os he de decir que me divierto extraordinariamente desentrañando los textos, reinterpretándolos y aportando mi visión personal sobre el tema.
Cuando esto ocurre ya no hay problema de estilo, deudas con el pasado, coherencias personales que seguir a rajatabla, simplemente se hace lo que se tiene que hacer. Si el cuadro necesita una mancha abstracta, se pone; y si hay que construir volumétricamente un elemento de la realidad, éste se coloca. El sentido y la coherencia van viniendo a ti como por arte de magia. Y la dualidad abstracción—figuración empieza a carecer de sentido como algo irreconciliable.

Este el camino en que me encuentro. He querido hablaros de él yo mismo pues, al hacerlo, también me comprendo un poco mejor.
Mariano Carabias. Segovia. Julio 2010.[1]
Es sorprendente, repito.
Decía que tengo entre las manos reproducciones de sus cuadros y me llama la atención que, en la mayoría, la sonrisa (salvo el mío y alguno más de la primera época de sus retratos) es un elemento clave que, sin embargo, casi nunca se descubre al primer vistazo. Es como el aire que respiramos, que parece no existir, aunque sin él seríamos cadáveres y todo sería inútil. O como la luz en la que no caemos en la cuenta, salvo durante la noche cuando la pesadilla nos atosiga. Así la sonrisa en estos retratos siempre se descubre, aunque necesita de una atención especial por nuestra parte.
Supongo que como con cualquier obra de arte, no vale una mirada superficial. No me refiero a una mirada veloz o lenta (aunque habitualmente una mirada rápida sea superficial), sino a una mirada honda o ligera. No es la sonrisa de estos retratos una risa franca de labios curvos o anuncio de dentífrico. Se trata de la sonrisa renacentista, incluso gótica que empezaron a modelar los grandes artistas de las épocas citadas. Se trata de una sonrisa que se aprecia mejor en la mirada que en los labios, como el discurrir lento y continuo de la corriente de agua en los pequeños regatos se deslizan vigilados o arropados por hileras de chopos u otros árboles.
En muchos casos descubro una sonrisa cargada de ironía, como de seres que saben que todo es perfectamente relativo y conviene marcar cierta distancia con las cosas, incluso con los acontecimientos más duros o dramáticos, sin por ello tomarlos a la ligera.
Se podría decir que la sonrisa en la pintura de Mariano es la luz de la mirada, la que otorga vida a esos rostros, relajados en la mayoría de los casos.
Ésta es otra característica casi común a todos los retratos que descubro en su contemplación. Sus rostros, más que a personas serias o preocupadas, muestran a personas relajadas, tranquilas, en apariencia perfectamente conformes con su situación personal y vital. Una relajación que también demuestra y transmite serenidad, acaso equilibrio.
Cuando Mariano se decidió a retratar personas, ya había empezado a pintar rostros. Él mismo en su prólogo hace referencia a ello. Pero no es lo mismo, evidentemente. Nunca es igual un rostro real, de carne y hueso que uno imaginado…, como bien sé por experiencia.
Recuerdo ahora cómo una característica inventada para Iago, uno de los personajes de Aquel sábado lluvioso, me condujo a una persona de carne y hueso. Dije de él muy al principio de la novela que hablaba con una voz como de lija. De inmediato ante mí apareció ese rostro conocido y real que se corresponde con alguien que habla con ese tipo de voz poco agradable que rasca los oídos, preludio de una tos que nunca llega a producirse. Al poner cara a ese discípulo fue todo mucho más sencillo y sin duda es uno de los apóstoles más creíbles del cuadro de los doce, incluido Judas.
Los rostros reales tienen una vida que a los inventados es difícil de dotar. Los grandes pintores de la historia (me refiero a los realistas), por mucho que el asunto de su cuadro fuera imaginario o histórico utilizaban modelos para los personajes, al menos para los principales. Y cuantos menos personajes ocupan el cuadro, más necesario es el modelo. En ocasiones, quizá, desfiguren el aspecto o camuflen algún detalle, pero ahí estará la persona real, palpitando sobre el lienzo, la madera, el papel, en fin, la superficie sobre la que descansará la obra, quizá logrando su rostro una posteridad imposible de otro modo.
Cada rostro es una suma casi irrepetible de múltiples detalles. Creo que será mejor que me cite en este punto, para no tardar mucho. Acabo de escribir en mi última novela, Identidad, lo siguiente a este respecto:
“(…) Probablemente, y a pesar de lo complicado de la cuestión, por una simple aplicación de una fórmula estadística relacionada con las variaciones, combinaciones y permutaciones que afectan a color de piel, distancia entre los ojos, tamaño y forma de estos, color y abundancia del cabello, dimensión nasal (longitudinal y trasversal), así como su distancia hasta las cejas y hasta el labio superior, anchura y forma de los labios, forma y tamaño del mentón, morfología del conjunto del rostro, etcétera, etcétera,(…)”
Sin embargo, la expresión me parece lo más difícil de todo. Yo diría que es un milagro, porque es algo así como cazar el alma al vuelo y dejarlo, para siempre, impreso. Y, obviamente, no conozco a todos los retratados, pero si tengo que juzgar por los que conozco, que son la mayoría, juraría que en todos nosotros ha capturado esa expresión más predominante, esa forma de mirar y de situar cada músculo de la cara que nos dota de personalidad propia, incluso el ángulo del cuello según el cual miramos al frente.
Por el contrario, si el dibujo de rostros y el retrato ha sido una novedad en el conjunto de su devenir artístico, como él mismo reconoce, el dominio del color ha estado siempre en él, como está el brillo en la esencia de ser sol. No es que dibuje mal, ni mucho menos, sino que el color es su hábitat natural como pintor.
Y esto que parece una perogrullada, pues todo el mundo supone que el pintor lo es entre otras cosas porque domina el color, no es algo que se pueda afirmar de un modo excesivamente tajante. En el caso de Mariano diría que es su principal virtud, ese modo que tiene de otorgar volumen, perspectiva, línea con la aplicación del color. El carboncillo o el lapicero son usados, pero más bien casi como una excusa, como quien establece unas mínimas referencias para no perderse.
Cuando Mª José visitó la exposición, su compañera F., también pintora, le preguntó a Mariano si se ponía a pintar de inmediato o hacía muchos bocetos. La respuesta me hizo sonreír, pues en esto nos parecemos también. Dijo que no hacía excesivos bocetos, que se ponía a pintar, y además directamente. Y dijo más, dijo algo que me interesó muchísimo, que no le importaba corregir sobre lo ya pintado y modificar todo lo que había hecho, pero dejando como sustrato el primer intento baldío o supuestamente fallido.
Algo así como mi escritura.
Eso que más arriba hablaba de la brújula y el mapa, eso que otros dicen de esquemas antes de ponerse a escribir.
No, yo no puedo, tengo que escribir, aunque luego corrija y corrija sobre lo inicialmente escrito. No tengo paciencia, simplemente es eso.
De hecho esto que estoy haciendo ahora es la puesta por escrito de unos pensamientos que ya me están empujando a concretar las palabras de los futuros poemas. Y si no he dado el paso ya es porque me sujeto, porque sé que todo lo que ahora escriba, todo lo que he escrito hasta ahora, puede atesorar algún poema que de otro modo no se me habría ocurrido. El texto, como el cuadro, siempre es cuadro aunque al final sólo haya un documento, o sólo haya un lienzo. Será imposible para quien lea, dónde están las palabras que primero nacieron, y en que renglón se ubican las últimas, las definitivas, las que sustituyeron a las primeras escritas. Sin embargo, con un equipo de rayos X se podrían visualizar las capas o sustratos sobre los que descansa la obra que vemos…
Y de algún modo esto es un maravilloso descubrimiento, porque al igual que nuestra cara es el resultado del transcurso del tiempo, y dentro de la nuestra efigie de hoy, anida aún el rostro del niño que fuimos (en determinadas ocasiones yo mismo me he reconocido en gestos que vienen desde mi infancia), así, en el retrato que el espectador contempla, también algo se refleja o algo queda del primer rostro pintado, que, sin embargo, por razones desconocidas no aflora, aunque subyazga.
Pero hablaba del color y me he vuelto desviar… Y más que el color, Mariano ha convertido su mirada en ‘cazaluces’. De siempre, como digo, el color ha sido el hábitat en el que más cómodamente se movía, pero de un tiempo a esta parte (¿Estos seis años a los que se refiere, quizá algo más?) ha alcanzado la grandeza de retratar la luz. Y eso me parece especialmente logrado en algunos de estos retratos como Resucitado, Corona Gramínea, Senador o Que van a dar a la mar. 
Es la luz la que determina no sólo las sombras, lo que es una obviedad, sino los colores, los volúmenes, las perspectivas, las sutiles diferencias en las texturas. Y también uno percibe el aprendizaje y estudio detallado y esforzado de los Impresionistas en retratos como Nereida o Rey David que adquieren toda su potencia en cierta distancia, esa que provoca al ojo la ilusión de estar ante algo compacto, casi sólido…
Una cosa está escrita en el prólogo sobre la que me gustaría también reflexionar, y que ya había citado Rodrigo en su espléndida crítica de El Adelantado de Segovia: la presencia de lo abstracto en estas pinturas.
Transcribo nuevamente sus palabras al respecto: “(…) Si el cuadro necesita una mancha abstracta, se pone; y si hay que construir volumétricamente un elemento de la realidad, éste se coloca. El sentido y la coherencia van viniendo a ti como por arte de magia. Y la dualidad abstracción—figuración empieza a carecer de sentido como algo irreconciliable”. Es decir, y según mi interpretación: no tiene sentido hablar de clásico o moderno, antiguo o contemporáneo. Se usa lo que sea menester en cada situación, según convenga… De momento lo que le interesa como parte de realismo es el rostro, el resto (fondo, vestuario, etcétera) son mero color abstracto, con una ligera forma que ayuda a explicarnos que estamos ante una túnica, una estola, una armadura, una coraza o un laúd… Es decir el 'realismo' se usa para adentrarse en lo que menos ha cambiado del ser humano; lo 'abstracto' para aquello que es mudable.  Quizá como tengo escrito en Pavesas y cenizas él mismo se pueda aplicar este texto con el que Gerardo Digo se define: “Yo no soy responsable de que me atraigan simultáneamente el campo y la ciudad, la tradición y el futuro; de que me encante el arte nuevo y me extasíe el antiguo; de que me vuelva loco la retórica hecha y me torne más loco el capricho de volver a hacérmela -nueva- para mi uso particular e intransferible (...)[2]
Y esto puede darme una pista de por dónde pueden ir los poemas del libro. Tengo que ser libérrimo, no centrarme en una sola forma. Donde tenga que escribir en versos más clásicos no me tiene que temblar el pulso, pero tampoco debo dudar si la composición me pide un tipo de poesía más moderna y audaz…

Y llegados a este punto, se me ocurre que no he hecho la pregunta más trascendental de todas las preguntas. ¿Por qué este libro?
Tiene que haber algo que haya hecho posible que brotara esa idea como una semillita en mi interior. Y la respuesta no es complicada a poco que se piense. De hecho está dada ya en alguna medida en todas estas páginas. Se trata de seres humanos, se trata de hablar del ser humano, y no hay nada más querido para mí que esto. El ser humano apareciendo en los poros de cada verso. Ese es el reto, ese es el horizonte: partir de rostros humanos para indagar en el rostro del hombre.
Esta es la clave, la piedra angular sobre la que debe pivotar el libro. Quizá sea demasiado ambicioso, pero sólo quien tiene estas ambiciones puede encontrar alguna consolación en el trabajo.
Ahí tengo la tarea, me parece, ahí debo de exprimirme, ahí debo localizar el sendero por el que transcurra el libro, este libro.




[1] Introducción del catálogo correspondiente a la exposición de Mariano Carabias titulada Tocar el humo, que se desarrolló en la sede del Colegio Oficial de Arquitectos de Segovia durante el mes de septiembre y primeros días de octubre de 2010.
[2] Gerardo Diego (Recogido por Luis García Montero en el prólogo a la selección de poemas de este autor editada por El País en su colección de POESÍA)

lunes, 17 de marzo de 2014

Bitácora de un sueño (IX y X)

Lunes, 1 de noviembre de 2010

—IX—

Amanece el día vestido de llanto… Un llanto de lluvia fina, de orvallo invisible, un llanto de grisalla casi penitencial vestida por el cielo, un llanto de hojas de árboles que miran hacia el suelo, sabedoras de su próxima caída…
Amanece es un decir. Son casi las diez de la mañana, y hace poco más de una hora que me he levantado. He dormido como un niño, casi nueve horas… desde luego más de ocho. Sigo solo en casa y dispongo de toda la mañana de silencio para avanzar.

—X—

Los retratos de Mariano son un camino que pretende explorar las esencias de la vida humana. Lo que realmente importa, lo que nos conforma como individuos sociales, como personas, no como seres aislados que existen a expensas de los demás. Su mirada se adentra y explora los mundos de la Antigüedad Clásica, esos tiempos fundacionales de una civilización que ha ido cambiando mucho en apariencia, pero quizá esos cambios sean menores de lo que parece a simple vista. Esa historia que en esta vieja Europa tiene dos patas fundamentales sobre las que sostenerse: la tradición nacida en Grecia y expandida por Roma y la posterior imbricación en ella del Cristianismo y con él buena parte de la tradición Judía.
Hemos avanzado en lo político y social. Hemos evolucionado en ciencia y técnica. Hemos cambiado de moda y de gustos. El arte tampoco tiene que ver con el de entonces, aunque quizá hubiera que matizar mucho. Y poco más.
Contemplar la tarea de los pinceles sobre la tabla, empuja inexorablemente, a pensar en la historia del ser humano, en ese río que viene de tan lejos, que nos ha traído hasta aquí y que, en el fondo, tan poco ha cambiado. Nuestros rostros de hoy son los mismos rostros de quienes nunca pudieron soñar que algún hombre pudiera viajar hasta la luna y regresar.
Decía Sartre, en una afirmación orlada de desesperación, que el ser humano es un ser arrojado a la existencia. El uso del participio 'arrojado' no es casual, ni mucho menos. Detrás palpita todo el pesimismo de un hombre que representa una corriente del pensamiento filosófico moderno. (...) Este modo de pensar ha calado más hondo de lo que parece en el ser humano contemporáneo, que casi desprecia la existencia por lo que tiene de fugaz e inútil. Algo así como un castigo… ¿Para qué vivimos si hemos de morir?, parecería la pregunta clave de esta generación, de esta época, que, paradójicamente, se aferra a la existencia con más radicalidad que nunca. Pero se aferra a la existencia desde una premisa imposible, por tanto falsa. Esta generación, esta época tiene marcado en el subconsciente la idea engañosa de que la eternidad se puede conseguir dentro de este planeta. Es decir cree en la inmortalidad del propio cuerpo humano.
Sin embargo no es la primera generación que sueña lo mismo, quizá sea el sueño más largo de la especie. Casi desde los albores de esta civilización, el ser humano había asumido que, si existía, la inmortalidad nada tenía que ver con el cuerpo. Por tanto si existía la inmortalidad, era a otro nivel. Pronto se llegó a la conclusión de que no éramos sólo materia con fecha de caducidad, materia, por otra parte, quebradiza y frágil. Se intuyó que había algún componente más, acaso lo que nos diferenciaba del resto de seres que ocupan el mismo planeta. Quizá por ello, pronto, muy pronto, aquella civilización que sigue siendo la nuestra, intuyó la existencia de la divinidad.
Las deidades quizá hayan sido la respuesta incipiente (y también la respuesta del miedo) para explicar lo inexplicable. Algo que se ha modificado con el paso del tiempo, a medida que el ser humano ha descubierto los mecanismos ocultos que explicaban el funcionamiento no sólo de la naturaleza, sino de nuestra propia razón. Muchos de los cambios en el pensamiento humano han tenido que ver con empequeñecer la importancia de la divinidad en nuestra existencia. A medida que crecen las explicaciones lógicas del funcionamiento de los procesos naturales, decrece la presencia del dedo de Dios en nuestra existencia.
Pero no es algo nuevo en el pensamiento la dialéctica que enfrenta a quienes creen y quienes no creen.
Y allí se remonta Mariano con sus alusiones mitológicas y romanas. Desde el principio aquellos que establecieron el Panteón como lugar donde Zeus y el resto de dioses dictaban el destino de la humanidad, tuvieron que escuchar a quienes no aceptaban tal cosa como lógica. Sin embargo, si la mitología no confirma la existencia de los dioses, explica la historia de la humanidad en cuanto especie e individuo. 
Cuando llegaron a oídos de los próceres de aquella civilización las teorías semitas de un único Dios, una compuerta se abrió para nutrir las aguas del río de esta civilización. Religiones como la de Isis o la judía, y sobre todo la cristiana, supusieron un terremoto en el modo de pensar grecoromano. Aquello fue una novedad absoluta que dejaba en juego de niños (o asunto literario) el entramado de dioses y héroes. Sin embargo, con la especial capacidad mediterránea para la síntesis y el diálogo, las estructuras no se vinieron abajo.
No todo fue sencillo. Muchas cosas quedaron arrumbadas por el camino; muchos seres humanos y sus ideas fueron aniquilados por culpa de integrismos religiosos excluyentes y asesinos. Algo que se repite como un estigma incurable a lo largo de la historia y que parece ser la amenaza continua a la que se ve sometida el género humano.
Hay un instante en que la religión, en vez de ser soplo de brisa que encuentra sentido a la vida y a la muerte, se torna imposición militar: no formar parte de los fieles creyentes es sinónimo de anatema, penado con la muerte. El afán de poder explica tal reacción: quien se dice sacerdote o representante de una religión, aspira a ser regidor de la humanidad.
La respuesta, el cambio de rumbo está en los profetas (Isaías, Elías están retratados), en los místicos, quizá también en los poetas (Que van a dar a la mar se titula uno de los retratos con el que más me identifico). Entender a Dios (con cualquiera de sus nombres) como general de un ejército que se ha de defender de los hombres o de otros dioses, es ocultar el verdadero rostro de Dios. Es pensar que sigue siendo el colérico y libidinoso Zeus quien manda en la existencia. Quien usa a Dios para convertir a la humanidad en un ejército perfectamente uniformado y sin capacidad para pensar por su cuenta, se pone a sí mismo en el lugar de Dios.
Sin embargo y a pesar de las constantes e interminables guerras que se han justificado en la religión, esta civilización continúa adelante.
Quizá por esto sea tan interesante la propuesta que hace Mariano. Más allá de la mera cuestión estética de su obra pictórica que, por desgracia, se me escapa, sus retratos son aldabonazos vigorosos para que reflexionemos sobre lo que auténticamente cimienta nuestra civilización.

domingo, 16 de marzo de 2014

Bitácora de un sueño (V, VI, VII y VIII)

Domingo, 31 de octubre de 2010

—V—

Una semana. Ha pasado una semana. No, no me quejaré, porque si no he escrito nada sobre todo este proyecto, ha sido porque no he podido. No conviene que me empiece a lacerar el ánimo con excusas absurdas. Todo lo que he hecho, había que hacerlo, y eso es lo que al final cuenta: abrazar los propios límites como algo inherente a uno, sin más.
Repaso mis afirmaciones y descubro residuos de golpes contra mí mismo. ¿Se puede hablar de límites en sentido estricto? Quizá ni siquiera eso, porque en determinados momentos a lo que llamo límites, son exigencias propias de los seres humanos, ni más ni menos. ¿Podría ser más exigente conmigo mismo?
Indudablemente sí, podría convertirme en un fraile de las letras, pero a costa de cambiar mi vida, comenzando por este piso, mis hijas, M, el trabajo… En definitiva, y aunque ahora pueda sonar a lo contrario, tengo que sentirme razonablemente satisfecho de mi tarea, aunque no haya podido escribir nada sobre esta idea. Confío en que no haber plasmado por escrito las ideas, no haya demorado la tarea de crecimiento que se le supone a una semilla, una vez que ha sido arrojada a la tierra y ha prendido en ella.

—VI—

Han pasado algunas cosas quizá mínimas, pero que me han hecho pensar acerca de mi escritura, reflexiones, comentarios, conversaciones que me tienen que empujar hacia el silencio público o, al menos, hacia la disminución de la tarea.
La duda, siempre la duda.
El viernes fue el cumpleaños de mi madre. Cambió el tiempo y se presentó la anunciada borrasca de lluvias y vientos que aún continúa. Subimos a felicitarla y también subieron P, Mariano y los chicos. P comentó que no había tenido tiempo para hacerme un comentario a la entrada de Pavesas y cenizas en la que venía a decir que no sabía escribir. Desde que lo publiqué se me han echado encima los que me quieren para criticar semejante aserto. Mariano el primero.
Y es que la duda me lleva a pensarlo con total honestidad. Es verdad que manejo la herramienta con cierta soltura y habilidad, es verdad que soy capaz de plasmar, incluso a veces bellamente, las ideas que sobrevuelan mi corazón. Pero no estoy convencido, y cada día menos, que eso signifique que sé escribir.
Porque escribir es algo más, o eso intuyo.
No deja de cercenarme el ánimo la idea de que si no se me publica lo que tengo escrito, después de casi dos años de blog, es que mi tarea no reúne los suficientes méritos para que tal cosa suceda. Y llega la pregunta clave, la pregunta que determinará mi vida; ¿Es la publicación de los libros la condición o frontera que determina que uno es escritor o no?
Probablemente no. Probablemente escribir y publicar sean actos que, aunque profundamente imbricados, no tienen nada que ver. Escribir, o sea lo que hago en estos momentos, es lo único que debe contar para mí, y para cualquiera que se dedique a este oficio. Sin embargo algo habrá que hacer con la cantidad de palabras que dejo plasmadas en los diferentes documentos. Y si a los demás no les interesan estas cosas no me puedo considerar un escritor, contemplada esta tarea desde una perspectiva pública. Pues, al fin y al cabo, aunque quien escribe no piense en el lector, escribe para ser leído por otros, cuantos más mejor.
Por otra parte, y a raíz de ese texto de Pavesas y cenizas y de la publicación de mi último capítulo de la novela de 7 plumas, se ha dicho una cosa y su contraria. Mª Jesús estableció que para ella soy poeta. Alena, por ejemplo, sentenció que mi campo es el del relato corto, puesto que en el largo, y a causa de mi tendencia a la digresión (no escribió divagación, pero quizá lo estaba pensando), tiendo a perderme. Sin embargo, Francisco, comentó a mi capítulo de la novela, que yo ya no estaba para relatos cortos o microrrelatos, que mi camino estaba en la novela, que era un escritor de fuste y bla, bla, bla… Así pues, en una sola semana la duda creció, y la perplejidad se me instaló en las entendederas.

—VII—

La realidad de todo este galimatías es que sin escribir, la vida me parece un desierto insufrible, por más que goce de tantas cosas como la existencia me regala. Si escribo, sigo gozando de esos regalos, pero todo tiene más sentido o me siento mejor. Pero aún así, no tengo tan claro que me tenga que desvivir por la no publicación de mis textos.
¿He de tornar al secreto? ¿He de escribir para que nadie lea lo que escribo? ¿Por qué quien escribe necesita hacer pública su obra?
Dice M que vivir conmigo es difícil. Y tiene razón. Dice que verme sufrir no lo aguanta. Y me ve sufrir, porque se lleva muy mal que este esfuerzo no conduzca a ninguna parte.
¿Qué pretende un escritor (o un artista en general) al desear que su obra vea la luz? ¿Ser fiel a una vocación que no buscó, pero le fue otorgada? ¿Ganar dinero? ¿Conseguir fama? ¿Vivir de lo que le gusta? ¿Levantar exclamaciones de admiración? ¿Encontrar un lugar en el mundo? ¿Ser una luz para quien lea, escuche o contemple su labor? ¿Justificar su inutilidad para otras labores, quizá más necesarias para la comunidad? ¿Alcanzar la inmortalidad? ¿Satisfacer su ego? ¿Nada de eso? ¿Todo ello? Creo que se me podrían ocurrir más preguntas, y en cada una de ellas tendría que decir que sí y al mismo tiempo tendría que negarlas…
Se trata de una necesidad. Eso es indudable. Pero no tengo tan claro que esa necesidad sea real o, quizá, sea simplemente un hábito al que me he aferrado y todos sabemos que el ser humano es un animal de costumbres, que pronto sufre algún tipo de síndrome de abstinencia, con sus nada placenteras consecuencias. (...)
Decía antes de la digresión (Alena, qué razón tenías), que escribir es una necesidad que procuro satisfacer cada jornada, y al satisfacerla algo en mi interior se relaja, se acomoda, se tranquiliza. Es muy similar esta sensación a la de beber agua, cuando uno está sediento, o comer cuando el estómago lo pide. Es una sensación que produce en la conciencia una reacción similar a la que produce el deber cumplido. En este supuesto el único deber lo tengo adquirido conmigo mismo, pero sin olvidar que, por mucho que los demás no sepan de estos esfuerzos, hay algo de destino en esta misión y por ello nace el bienestar después de haber trabajado unas cuantas horas.
Lo mejor será, pues, que siga escribiendo, que continúe impertérrito con la labor, e intente olvidarme para siempre del sentimiento de frustración y fracaso que me embarga cada vez que no consigo la edición de un libro.

—VIII—

Los retratos, tal y como los entiendo, más que un ejercicio de habilidad y técnica que demuestren la pericia del artista en plasmar sobre una superficie un parecido más que razonable de un rostro, son un ejercicio de introspección en el carácter del retratado. De algún modo suponen atrapar el alma de un individuo… y no sólo el alma de un momento determinado (aunque esto sea lo que más prevalezca, obviamente), sino de una biografía y de un porvenir.
Así sucede en el caso de los retratos de Mariano: no se trata sólo de una cuestión técnica, sino que va mucho más allá. Me parece, o así lo perciben mis escuálidas condiciones de espectador, que aprovechando el rostro de un hombre o una mujer de hoy (en la mayoría de los casos familiares nuestros, y algunos amigos), ha buscado el arquetipo físico y moral de una profesión, de una vocación, de un sueño, de una situación vital que abarca y supera más allá de los rasgos concretos del individuo retratado.
A mi modo de ver hay que estar muy atento a los títulos de los lienzos.
Probablemente ahora esté siguiendo el camino inverso que él siguió. Contempló, estudió cada rostro y en esa reflexión de los rasgos y las expresiones de cada uno de los personajes retratados encontró la encarnación de algo que viene de más atrás y que aún hoy es importante: la tierra de los padres, la madre, la ley, el profeta, el legado, el guerrero. Es decir, su trabajo parte de un rostro concreto, pero le adjudica una característica o función más general, e incluso universal.